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El café de los jueves.

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El café de los jueves Luego de una mañana agotadora, me dirijo distraídamente hacia el café de la esquina, que está allí esperándome desde que era una niña y corría alrededor de las mesas, hasta hoy, que vuelvo del trabajo y me apetece una taza de café caliente, aunque sea verano. Me siento en la misma mesa de siempre, junto a la ventana. Pido un cappuccino y recibo las mismas sonrisas cordiales de todos los jueves por la mañana. Soplo el café ensimismada en mis pensamientos y jugueteo con los sobrecitos de azúcar. Busco algo interesante que observar, y recorro el café de una rápida mirada. Me detengo a observar a alguien en especial. A mi derecha había un hombre de cabello claro y una mirada interesante que llama mi atención. No pertenece a la clientela habitual y al sentir mi mirada curiosa y nada discreta sobre él, sonrió con un encanto que me dejó sin aire. Le devolví la sonrisa sin darme cuenta, pero justo en ese instante una ráfaga de viento que se cuela por la ventana, golpea en mi nuca y hace que mis rebeldes rizos jugueteen como locos hasta taparme la cara, haciéndome parecer un pariente del “tío cosa”. Río nerviosamente, intentando acomodarme el cabello y él se une a mis risas. Al encontrarme nuevamente con esos ojos penetrantes, comienzo a juguetear con mi pelo con un cierto grado de nerviosismo difícil de explicar. Este trepa por mis piernas y recorre mi esqueleto, apoderándose de mí. Un pensamiento dulce rodea mi memoria y me hace sonreír. La tierra se sacude a mí alrededor, mi cuerpo se estremece. Y su mirada me atraviesa como un relámpago, haciendo que todos mis pesares desaparezcan. De repente aparta la mirada y yo aprovecho para dar un sorbo a mi taza de café. Al levantar la vista nuevamente, me encuentro con que él ya no está a mi derecha, sino que se acerca a mí con su taza en mano y con una sonrisa elegante y traviesa. -Perdón ¿Puedo sentarme aquí, contigo, a terminar mi café? El suelo había dejado de temblar, pero ahora parecía que el tiempo se había detenido a nuestro alrededor. -Sí, claro- contesto con voz firme, aunque siga temblando por dentro. Una corriente eléctrica muy satisfactoria trepa por mi espalda. Sin dejar de sonreír, se sienta frente a mí y me mira con esos ojos penetrantes y seguros, dispuestos a todo. Otra vez no pude resistirme a devolverle la sonrisa. Siempre supe que en ese café encontraría al amor de mi vida.

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